El mosh estalló desde el inicio, gatillado por una vocalista que no solo lidera, sino que domina. Su capacidad para transitar entre la vulnerabilidad de las voces limpias y un gutural técnico y desgarrador es el centro de gravedad de la banda

Mawiza y Misantry en Santiago: El riesgo de la evolución y el peso de la raíz

Crítica del show de Mawiza y Misantry en Santiago: cuando el ritual, la identidad y el riesgo escénico ponen a prueba el nuevo material en vivo.

Crítica del show de Mawiza y Misantry en Santiago: cuando el ritual, la identidad y el riesgo escénico ponen a prueba el nuevo material en vivo.

Fecha: 15 de enero de 2026 Lugar: Club Chocolate, Santiago, Chile

La noche del metal nacional en Santiago dejó claro que la escena local ya no está interesada en replicar modelos externos. El cruce entre Misantry y Mawiza evidenció dos caminos distintos hacia un mismo objetivo: construir identidad desde la técnica, el peso y el discurso. No fue una noche cómoda, ni pretendió serlo. En una escena saturada de tributos y nostalgia, lo de hoy fue un ejercicio de riesgo editorial y musical.

El mosh estalló desde el inicio, gatillado por una vocalista que no solo lidera, sino que domina. Su capacidad para transitar entre la vulnerabilidad de las voces limpias y un gutural técnico y desgarrador es el centro de gravedad de la banda

Misantry: El control absoluto del caos

A las 21:00 horas, Misantry tomó el escenario para demostrar que el orden es la mejor herramienta de la agresividad. Su propuesta prescinde de un bajista físico, una decisión arriesgada que en manos menos expertas sonaría vacía, pero que aquí funcionó como un muro de carga gracias a una programación precisa y un trabajo de guitarras milimétrico.

El mosh estalló desde el inicio, gatillado por una vocalista que no solo lidera, sino que domina. Su capacidad para transitar entre la vulnerabilidad de las voces limpias y un gutural técnico y desgarrador es el centro de gravedad de la banda. Misantry no busca complacer; busca controlar. Su show confirma que entienden el escenario como un espacio de dominio absoluto, donde cada cambio rítmico y cada solo épico están calculados para someter la atención del público. Fue una presentación de 40 minutos sin fisuras, una declaración de principios sobre cómo debe sonar el metal moderno: intenso, estético y, sobre todo, autoritario.

Tesis y Sentencia Crítica

Misantry no es una banda que espera la validación del público; es un proyecto que impone sus condiciones. El uso de secuencias para suplir el bajo, lejos de ser una carencia, se traduce en una ventaja competitiva de limpieza sonora que permite apreciar la arquitectura real de sus composiciones.

La banda santiaguina parece haber entendido algo que no todos logran en el metal actual: la agresividad no sirve de nada si no está bien dirigida. Su propuesta cruza violencia sonora con una ejecución precisa, casi quirúrgica, y eso se sintió con claridad al cerrar el set. No quedó la sensación de “buen show”, sino la de haber visto a una banda operando en otro nivel de profesionalismo. Misantry deja una idea incómoda flotando en el aire: hoy, en el circuito nacional, la intensidad sin control es solo ruido; cuando está pensada y dominada, puede convertirse en algo que perdura.

Setlist Misantry:
• Ars Goetia
• Sin fin, espacio tiempo
• Snippy
• Caleuche
• Impending
• Self Imposed Chaos
• Nekromantik
• Condemnation

Mawiza: identidad, rito y el riesgo de dominar su propio lenguaje

A las 22:15, el Club Chocolate dejó de operar como sala de conciertos para convertirse en un espacio de fricción ritual. El grito de “Aguante Mawiza” no fue un simple vitoreo: fue la antesala de una ceremonia que la banda ha aprendido a ejecutar con una convicción pocas veces vista en el metal chileno contemporáneo. La intro, cargada de texturas ominosas, no buscó preparar al público: buscó someterlo.

El inicio del set, sin embargo, evidenció una muralla técnica difícil de ignorar. La saturación de frecuencias bajas sepultó momentáneamente las guitarras de Awka y Karü, diluyendo los matices del metal técnico que define buena parte del discurso de Mawiza. Durante los primeros minutos, la banda peleó contra el sonido más que a favor de él. Recién con el avance del concierto, la mezcla comenzó a liberar espacio, permitiendo que la arquitectura sónica encontrara la claridad que su propuesta exige.

Ül: expansión, ruptura y control del desconcierto

Los temas de Ül (2025) confirmaron a una banda que ya no teme incomodar. Las estructuras fragmentadas, los contrastes abruptos entre violencia y pasajes densamente atmosféricos, y la administración del silencio demostraron que Mawiza entiende el directo como un terreno de prueba, no como una reproducción de estudio. El público respondió con atención más que con euforia inmediata, señal clara de que la propuesta —lejos de diluirse— exige escucha activa.

El solo de batería de Txalkan fue uno de los momentos más reveladores del set. No por virtuosismo —que lo hay— sino porque funcionó como núcleo rítmico del ritual: el público no observó, participó. La percusión en Mawiza no acompaña; dirige. Zewü, desde el bajo, sostuvo ese pulso con una solidez que permitió que los pasajes más experimentales no perdieran gravedad ni dirección.

Kollong: cuando el rito se vuelve himno

El punto de máxima efervescencia llegó, inevitablemente, con el material de Kollong (2019). Ahí la respuesta fue física, visceral. Canciones como “Ancestral” o “Awükan” evidencian que ese disco ya opera como un cuerpo de clásicos modernos dentro del metal nacional. No es nostalgia: es eficacia simbólica. Mawiza entiende esto y juega con inteligencia ese contraste, alternando expansión conceptual con golpes de memoria colectiva.

El uso del mapudungun —recitado con sobriedad por Awka entre canciones— nunca se sintió ornamental. Al contrario, funcionó como ancla territorial y política, recordando que el proyecto no se sostiene solo en lo musical, sino en una cosmovisión que se proyecta con control y sin caricatura.

Sentencia crítica

El show, de una hora de duración, confirmó algo que ya no admite discusión: Mawiza dejó atrás la categoría de promesa hace tiempo. Hoy opera como un actor central del metal chileno, con un lenguaje propio que combina identidad, técnica y riesgo. Los problemas sonoros iniciales no empañaron la tesis de fondo, pero sí dejaron una advertencia implícita: cuando una banda alcanza este nivel de densidad conceptual, cada detalle técnico se vuelve parte del discurso.

Mawiza no solo ejecuta metal de raíz; administra un rito contemporáneo que sigue creciendo. El verdadero desafío, desde ahora, no es expandirse, sino evitar que su propio lenguaje se vuelva zona de confort. Y por lo visto esta noche, la banda es consciente de ese riesgo… y está dispuesta a enfrentarlo.

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